La he vuelto a ver
como el relámpago dorado que despierta la mañana,
como esa brisa marina
que se derrama lenta sobre mi piel
y me deja temblando de sal y deseo.
Eras la luna inclinándose sobre el mar,
amándose en silencio,
rozándose sin palabras
mientras el horizonte cerraba los ojos.
Y mi alma —esta vieja náufraga—
quedó suspendida en tu nombre,
pronunciándolo cada amanecer
sin saber siquiera cómo llamarte,
sin saber si existes más allá de mi delirio.
Te necesito
como el agua necesita su cauce,
como el aire busca un pecho donde habitar.
Eres la respiración secreta de mi esperanza.
La ilusión volvió a florecer en mis manos
como una rosa obstinada en medio del invierno.
Si las noches fueran eternas,
que se queden detenidas en tu sombra,
que el tiempo se arrodille a tu lado
mientras mi corazón aprende tu forma.
No sé si perteneces a otro cielo,
si eres promesa o recuerdo,
si eres libre como el viento
o jardín cerrado.
Pero sé
que sin ti
el alba me duele.
Te extraño incluso antes de tenerte,
te pienso incluso antes de soñarte,
y en mis sueños —donde nadie nos juzga—
te amo
con la profundidad callada
de todo lo que aún no ha sucedido.