La escala del Cosmos
es verdaderamente
sobrecogedora,
nuestra imaginación
se marea y se pierde
tratando de alcanzar
las fronteras detectables
—no se diga el infinito—,
como el beodo que intenta guardar
el equilibrio inútilmente
y finalmente cae.
\"Por el espacio, el universo nos rodea
y nos traga como un átomo\",
pero —siguiendo a Pascal—,
¿será cierto que \"por el pensamiento
abrazamos el mundo\"?
No lo creo,
porque si así fuera,
una vez que abandonamos
las cómodas playas conocidas,
nuestra imaginación no zozobrara
en el gran océano de lo ignoto
—y quizás incognoscible—.
El pascaliano dictamen, sin duda,
nació de la inevitable necesidad
de atenuar la angustia
de la psique atrapada,
encerrada sin otra posibilidad
de salida que la que ofrece
la benigna fantasía,
a manera del claustrofóbico
que cierra los ojos para sentirse
fuera del asfixiante recinto.
Nada como la magnificencia
del inconmensurable Cosmos,
nada se le equipara,
ni siquiera tocando otras categorías,
otros modos de clasificar
y de inventar del Homo sapiens,
porque toda idea que provenga del hombre
ha de ser solo eso, humana,
como humanas son todas las religiones
de la Tierra con todas sus deidades,
incluyendo la sublimación de todos
esos dioses pasados y presentes:
Dios, con mayúscula.
La grandeza del Cosmos nos ofrece
la inescapable circunstancia
para mostrarnos humildes,
y aunque no quisiéramos,
tenemos suficientes motivos para serlo;
pero solo hay genuina humildad
cuando nuestro pensamiento
se acomoda al universo,
no cuando se busca torcer la realidad
—tarea vana y torpe—
para que coincida
con nuestros engañosos deseos.
2011