Qué pecado tan grande es el de no ser feliz, el de no habitar la pureza en el esplendor de su propio matiz de grandeza. Qué triste es quien no se permite la dicha, aquel ser que renuncia a la búsqueda de un sentido más allá de la rutina, de esa inercia que late fuera del hogar.
Porque las personas somos como las hojas: lienzos donde se puede escribir y crear al arbitrio del artista; pero el artista es su propia obra. Sin embargo, nos volvemos incapaces de encontrarnos a nosotros mismos; nos encerramos en una cueva, a merced de un cariño y un afecto que no siempre sabemos darnos.
Vivimos siendo y, a la vez, somos nada. Somos el reflejo de la maternidad o la paternidad, la herencia de los hijos, la mano de la amistad, el lazo de la hermandad o el refugio de la pareja... pero, ¿quiénes somos para nosotros mismos? ¿Un espectro a la deriva?
Ante la sociedad, somos una máscara distinta para cada círculo, una versión ajena para cada mirada. Pero en la soledad del silencio, ¿quién habita realmente dentro de nuestro propio ser?