Te odié para no morirme,
porque amarte fue un delito;
eras Dios maldito y rito
que exigía consumirme.
Mi fe ardía en tu costado,
no en la carne: en el abismo;
me ofrecías paraíso
con la forma del pecado.
Te deseé como se anhela
lo que niega la razón,
no con manos: con traición
a la ley que el miedo vela.
Éramos fiebre sin cura,
juramento sin altar,
dos blasfemias al rezar
con la boca y la locura.
Te odié porque si te amaba
me borraba de este mundo;
eras vértigo profundo
donde el alma se violaba.
No fue sexo lo prohibido,
fue quererte sin perdón;
fue cruzar cada razón
y llamarlo estar vivo.
Hoy te nombro y no me hundo,
pero tiembla lo que fui:
te odié para seguir aquí,
no por fuerza…
por no morirme del mundo.