Antonio Portillo

La forma que no arde


No fue siempre así.
Hubo un tiempo
en que el amor era una llamarada
que no pedía permiso,
que subía por la sangre
como un animal sin riendas.
Todo era urgencia.
Todo era piel buscando piel
como si el mundo terminara al amanecer.
Pero el fuego no está hecho
para vivir eternamente en llamas.
Se vuelve brasa
o se vuelve ceniza.
Y un día, sin ruido,
la llamarada bajó la voz.
Ya no hubo vértigo,
ni promesas gritadas al viento.
Hubo mesa compartida.
Hubo cansancio apoyado en otro hombro.
Hubo silencios que no dolían.
El amor dejó de correr
y empezó a quedarse.
Ya no era hambre.
Era pan.
Ya no era incendio.
Era casa.
No ardía como antes,
pero calentaba más.
Y comprendí
que lo que no grita
no siempre se apaga.
A veces
ha echado raíz.

 

Antonio Portillo Spinola