No les entrego una estatua,
que es un modo muy frío de quedarse quieto.
les dejo, más bien, este inventario de mudanzas,
un registro de pasos que se detuvieron
justo antes de que el suelo desapareciera.
Llegar a viejo no fue un mérito,
sino un trámite lento que hice con cuidado,
esquivando las prisas y los grandes dogmas
para no llegar cansado al momento de dejar de verlos.
Aprendan esto, ahora que el tiempo es de ustedes:
la vida no se defiende a gritos,
sino con una paciencia de artesano.
No busquen la gloria en los archivos,
busquen en el usufructo de la alegría,
en ese modo de resistir que tiene la ternura
cuando todo lo demás se vuelve burocracia.
Si alguna vez me buscan y no me encuentran en la foto,
no es que me haya borrado el olvido.
Es que me he mudado a sus formas de reír,
o a ese gesto que hacen al pelar una fruta,
o al vicio de insistir cuando todo dice «no».
Les dejo mi parte de luz, bien conservada.
No la guarden en un cajón de reliquias.
Gástenla.
Quémenla en cualquier tarde de domingo.
Porque la memoria no es un museo de sombras,
sino este vitalismo que se hereda
cuando alguien descubre que, a pesar de los años,
nunca se termina de estar del todo vivo
si hay otro nombre que nos deletrea.