El pueblo despierta con tambor en la sangre,
como si la mañana hubiera nacido
de un grito de colores.
Las calles se abren
igual que dos ríos antiguos:
calle arriba es una serpiente de espuma,
calle abajo un relámpago de risas,
y entre ambas
late el corazón dividido del júbilo.
El sol no alumbra:
bendice.
Cae sobre los cuerpos como un bautismo caliente,
y el agua —ese ejército líquido—
desciende en culecos
como si los cielos se hubieran vuelto jarra,
como si cada gota fuera
una campana diminuta
anunciando que hoy la tristeza
tiene prohibido el paso.
Las Tablas se vuelve entonces
una metáfora viva:
no es pueblo,
es tambor abierto,
es máscara que sonríe con dientes de maíz,
es pollera girando
como galaxia doméstica
donde cada hilo guarda
la memoria de las abuelas.
Calle arriba canta con voz de trueno,
calle abajo responde con carcajada de río;
no compiten:
se persiguen como dos mitades del mismo sueño,
dos banderas de música
que ondean sobre la piel del mediodía.
El aire huele a espuma, a fritura, a infancia,
a promesas que se cumplen
en la simple ceremonia de mojarse sin miedo.
Los niños corren
como si la vida fuera eterna,
los viejos sonríen
porque saben que, por un instante,
lo es.
Y en cada esquina
la alegría se instala como un altar sin santos:
solo el pueblo,
solo el ruido,
solo la certeza de que la felicidad
también puede ser colectiva,
también puede gritar,
también puede empapar la camisa
y borrar los nombres del cansancio.
Cuando el sol se incline
y el agua vuelva a su silencio,
quedará en las calles
una música invisible,
como si Las Tablas hubiera escrito
con risas y chorros de cielo
una carta luminosa
en la memoria del polvo.
Porque hay carnavales en muchos pueblos,
sí,
pero en Las Tablas
la fiesta no sucede:
se encarna,
camina, salta, moja, canta,
y por unos días
el mundo aprende
que la alegría también tiene patria.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026