Por vergüenza escribí lo que el corazón callaba,
palabras fugaces que el miedo dictaba.
Le dije que me gustaba, pero no con mi voz,
mi amigo fue el mensajero de mi propia emoción.
Qué cobardía la mía, qué extraña confesión,
delegar en otro lo que brota del corazón.
Pedí perdón por atreverme a sentir,
por dejar que el silencio no supiera fingir.
El tiempo pasó lento entre la duda y el temor,
hasta que el alma gritó: \"¡Ya basta, por favor!\"
Y cuando al fin le dije, cara a cara, la verdad,
mi corazón desnudo, en toda su crudeza y claridad.
Su respuesta fue tranquila, como brisa de mar,
ni fuego que consume, ni hielo que hiela al hablar.
Simplemente existió, en su serena quietud,
aceptando mi sentimiento con natural actitud.
Y aprendí que el amor, cuando es libre y es real,
no necesita excusas, ni intermedios, ni mal.
Solo pide valentía para ser lo que es:
un sentimiento puro que del alma nace y se teje.
Así quedó la lección grabada en mi piel:
que el corazón que habla con su propia voz es fiel.
Y aunque el miedo a veces nos haga escribir,
la verdad más hermosa es atreverse a vivir.
Me gustaba hace tiempo,
me dije a mí primero,
pero el tiempo es un río
que arrastra lo sincero.
Y cuando todo salió,
cuando el secreto voló,
tu respuesta fue un suspiro,
un \"tranquilo\" que heló.
Tranquilo... como el agua
que apaga el fuego interior,
tranquilo... como quien cierra
suavemente una puerta
sin mirar el corredor.
Así quedó mi sentimiento,
libre, sí, pero de ti,
libre de ser correspondido,
libre de ser feliz.
veo el mensaje que te envié.
Decía: “tranquilo, ya”,
como si bastara esa palabra
para ordenar lo que llevo dentro.
Pero no fue tan simple.
Desde mi asiento
me ardía la mirada,
mirando a aquella mujer
que tiene esa morena luz
capaz de volverme el corazón inquieto,
casi loco.
Y yo, quieto por fuera,
pero por dentro viviendo en mi propio auto,
rodando sin rumbo,
buscando encontrar algo
que no sé nombrar,
tal vez valor,
tal vez destino,
tal vez a ti
Escribí poemas
porque el papel no me ponía nervioso
como el público,
como tus ojos.
A veces pensé
que si te hubiera dicho lo que sentía,
tal vez mis días
se habrían encendido
como aquel amor de pareja
que vi frente a mí
y que nunca fue nuestro.
No lo hice.
Prefiero dejarla sola
a cargar este sentimiento guardado.
Prefiero dejarla ir
como ese viento desplomado
que se rinde sin hacer ruido.
Claramente no soy
el tipo de hombre
que usted merece.
Pero maldita sea…
qué bonita está usted Abigail.