Mari.o

CASA PINTADA

PROEMIO

Hermosos días azules

violines sobre el techumbre 

 

los puentes arqueados

como orlas colgantes

y trepaderas cubiertas de zafiros. 

 

¿Cómo nombrar los basamentos

de nubes que edifican eximias arquitecturas? 

 

Si todo en mi cuerpo está vivo,

evidentemente todo aquello que miro. 

 

No existe tal indiferencia

y quizá esta sea la mayor prueba

de que nada [la existencia] 

pierde su asombro. 

***

 

CASA PINTADA

Mientras pintaba la casa, reflexionaba: me preguntaba si era necesario que lo hiciera, si me agradaba/me relajaba o lo contrario, si lo estaba haciendo bien o necesitaba hacerlo mucho mejor de lo que ya lo había hecho. No quería sentirme un antipático con la pintura, de todas formas, la había adquirido para tal empresa y mi obligación era pues, hacerlo lo mejor posible. 

 

Sin dilaciones y ruidos estramboticos, más que el silencio de mi mente y  el roce de la brocha mojada de pintura [un buen amante debe ser como esa hábil brocha que colorea—pensé], con las superficies avejentadas y llenas de desconchones—pero ya dispuestas—, inauguré la algarabía de colores: mi mano extendía la primer estela de cobijo al muro del olvido. Luego, la comarca se expandía alegremente, el Sol se posaba majestuoso sobre el naranjo. \'Un nuevo amanecer\'—pensé. Luego, el verde que con sus bríos refrescaba el naranjo. Y así el día marchaba entre olores de pinturas que gustosos los muros y puertas rezumaban, mis manos que alegres no se cansaban: y seguían y seguían como entusiasta a su encomienda. Después de todo, pintar es encender las velas de la esperanza—pensé. 

 

El día menguaba pero, «había descubierto un nuevo propósito en una actividad que no me era familiar», y sin embargo, vuelvo a recordar lo maravilloso que es el asombro. [¿Qué es de quien escribe sin su asombro?—pensé].