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DETRÁS DE MI VENTANA

Todo era tan simple,
parecía que no había nada que mirar.
Ni siquiera veía el sol asomarse
entre los días iguales.

Hasta que un día, de repente,
sentí un aroma a menta recorriendo mi aliento.
Se escuchaban pasos a lo lejos;
aquellos pasos hacían retumbar mi pecho.

Corrí hacia mi ventana
y pude verte a lo lejos:
ojos grises como un día nublado,
cabello desordenado como el clima de esa tarde,
una chaqueta suelta
y en tus manos, un ramo de menta.

Qué icónico…
no eran rosas ni flores,
pero eso fue lo que llamó mi atención.

Sin una sola nota,
nuestros ojos se cruzaron
y un par de sonrisas intercambiamos.
Mi piel se puso tensa,
como si el frío hubiera aparecido en pleno verano.

Entre dientes dijiste:
—Un gusto en conocerla, vecina…

Y tras mi ventana
encontré a alguien capaz de pintar mis tardes,
de volverlas coloridas,
de hacerlas infinitamente divertidas.

Así fueron los días…
hasta que un día
me diste un beso en la frente
y me dijiste que me amabas.