Acto 1. El Invitado que Olvidó su Sombrero
Bajo este sol de mediodía, que no sabe de lutos,
la luz cae con un peso ciego sobre las piedras.
Es curioso cómo el mundo se empeña en ser hermoso
precisamente el día en que uno decide retirarse.
No hay tragedia en el polvo, solo una pausa.
Morir es, al cabo, un descuido de la memoria,
un dejar de estar en la silla del café
mientras el mozo, con una eficiencia casi insultante,
limpia la mesa para el próximo sediento.
Acto 2. La ironía del vacío
¡Qué importancia nos dábamos al caminar!
Creíamos que el horizonte dependía de nuestras pestañas,
pero la marea sigue lamiendo la costa con el mismo ritmo,
ignorando que mi nombre ya no vibra en el aire.
Es una broma sutil, casi llena de afecto:
El vecino comentará el clima sobre mi fosa.
Alguien usará mi pluma para escribir una lista de compras.
Y el perro, tras un breve desconsuelo,
encontrará calor en otra mano que le ofrezca un hueso.
Acto 3. La paz de lo efímero
No busquen alas ni juicios en este silencio.
La eternidad es un invento de quienes temen al sueño.
Acepto este final como el actor acepta el telón:
sin rencor, con la garganta seca y el corazón lleno
de esos instantes que no sirvieron para nada,
salvo para sentir el calor del pan y el roce del viento.
El vacío que dejo tiene la forma exacta de un hombre,
pero el aire es fluido y pronto recuperará su sitio.
Qué alivio saber que el mundo no me necesita
para seguir girando, indiferente y radiante,
en su magnífica y absurda soledad.