Se alza el número inflado,
ídolo breve y sonoro;
dan por saber al decoro
del aplauso apresurado.
Trescientos ya han pasado
sin que el verso los detenga:
trescientos fantasmas, vengan,
en breves segundos ya,
mas nadie supo bajar
donde el sentido se entrega.
No fue lectura: fue paso,
rozar la letra sin peso;
confundieron el proceso
con el brillo del fracaso.
Aquí el juicio va escaso,
manda el coro complaciente;
la cifra, juez aparente,
dicta valor sin pensar.
Mas no sabe discernir
quien no aprende a ser paciente.
No hay maestro que señale
la raíz del pensamiento,
solo elogio en movimiento
que a sí mismo se regale.
Temen al que riega el valle
con silencio y disciplina;
prefieren flor que ilumina
un instante y nada más.
Lo hondo crece hacia atrás,
no donde el ruido germina.
Yo prefiero al que demora
su mirada en una línea,
al que duda y examina
lo que el número ignora.
La verdad no es veloz ahora
ni desfile de reflejos:
trescientos ojos son lejos
si ninguno sabe ver.
Más pesa un lento saber
que mil aplausos huecos