No es adorno.
Es un collar de oro
que cuelga del cuello del poeta
como una deuda luminosa.
Cada eslabón
no es metal:
es memoria.
Un verso que ardió demasiado.
Un nombre que no regresó.
Una herida que aprendió
a pronunciarse.
El poeta no lo exhibe.
Lo carga
como quien acepta su destino.
Y en cada palabra
tintinea
una historia que se niega a soltarse.
Hay poemas nacidos del llanto,
otros del júbilo inesperado.
Pero todos
han atravesado la garganta
como un fuego necesario.
El viento trae emociones —
sí.
Pero es el corazón
quien decide
si las convierte en oro
o en silencio.
Porque escribir
no es encadenar sentimientos.
Es fundirlos
hasta que puedan sostenerse
alrededor del cuello
sin traicionar su peso.
Y a veces —
cuando el mundo duerme—
el poeta toca ese collar
como quien toca una cicatriz
y recuerda
que el oro
no era riqueza,
era herida
que aprendió a brillar.
—L.T.
POETAS SOMOS…