Nathanael Gellibert.

Soneto del ave inerte.

El ave vuela y muere en el suelo
donde su carne alada se hace fría
y su alma desconoce la apatía
al olvidar sus pasiones del viento.

Su cuerpo inerte riega vino y duelo
sobre la roja raíz de las dalias
que embriagarán las dulces fantasías
de los jóvenes amores de enero.

Florece el amor y cesa la vida.
Lucen los mares remanso febril.
Lloran los cielos. La luna se inunda.

La llama divina expira entre tinta
desvanecida en penuria sutil.
Sangre y polvo desemboca en su tumba.