Cuando me levantó, me dió continuidad, dejando en ridículo un final sobrevalorado, quise escribirle, entonar versos costosos sacados de los pasillos más ilustres posibles, equiparar de alguna manera tan noble gesto.
Y fue allí que me di cuenta que no había palabras que estuvieran a la altura y corrí como quien se levanta de un sepulcro a correr agradeciendo el paso que pueden dar unas piernas que antes, estaban podridas.
Desocupé la prisión oscura y fría, hasta que me despedí de la bestia que me custodiaba e intimidaba, el gigante detestaba el olor a gratitud, y nadie me creería pero sucedió, gané una batalla en completa quietud.