R.

El Cántico del Todo

El Cántico del Todo

Le mostré vanidoso

mis mejores partituras,

compases dorados,

notas que creía eternas,

ecos de mi grandeza.

Pero ella,

con una simple sonrisa,

levantó la mirada

y me regaló el canto humilde

de un pajarillo en la mañana.

Y entonces lo entendí:

todo mi arte era un susurro

al lado de esa sinfonía

hecha de viento,

de ramas,

de vida.

Porque el universo

no se encierra en partituras,

sino en el alma desnuda

de lo que canta

sin saber que canta.