MatiasEmmanuel

El arquitecto del silencio

Hubo golpes que no dejaron marca en la piel, pero astillaron los huesos de su corta inocencia. Creció entre manos de plomo y palabras de hiel, donde el hogar no era paz, sino pura supervivencia.

Recuerda el rincón, el cinturón y el estallido, el cuerpo pequeño encogido buscando el final. Le robaron los juegos, le entregaron el olvido, y lo bautizaron con sangre en un rito animal.

Le quemaron las alas antes de ver el cielo, pero el niño aprendió a respirar en el lodo. Y mientras el mundo era un largo desvelo, él juró que, al ser hombre, lo cambiaría todo.

Hoy camina firme, sin marcas que el ojo vea, es el hombro que sostiene a quien va a caer. No busca el aplauso, ni el brillo, ni que lo vean, ayuda en la sombra porque sabe lo que es perder.

Sana heridas ajenas con manos de seda, las mismas que un día temblaron de horror. Da el pan y el abrazo, da lo poco que queda, y nadie sospecha que nació del dolor.

Es un héroe de incógnito, un fénix callado, que regala la luz que a él le fue negada. Porque el mayor milagro de un hombre golpeado es devolver amor... donde no recibió nada.