LOS ABUELOS
Recuerdo la casa hecha de barro, maderas y lajas. Afuera el brasero, donde los leños encendidos no se extinguían hasta llegada la muy entera noche. Las brazas que languidecían, me parecían hormigas que salian con prisa, siempre quejándose de las largas jornadas en la metalurgia minera. Pero eran el calor del hogar, el fuego que cocinaba los frijoles, las salsas, las tortillas y el café, o, la hoguera donde se arrojaban a los espantos [...]. Era tan importante el brasero, que su fuego tenía que ser inextinguible. Imperecedero. ¡Eterno! Siempre dispuesto.
Recuerdo los cañaverales que rodeaban la casa, blandiendo sus espadas y chocando sus filos como en una danza de máscaras. Las estridulaciones diurnas y el graznar de los tecolotes agazapados en los lejanos ahuehuetes, apenas y sus ecos se percibían; pero una vez llegada la noche: los cucuyos atizando los oscuros montes, los grillos con sus violines y la noche azulada tachonada y coronada por un halo de estrellas: las bestias comenzaban a transformarse y los elfos y duendes bebían y bailaban hasta la intempesta. El abuelo asistía todas las noches con la camisa abierta (como si de su pecho emergieran todas las fortunas), y se quedaba ahí, recostado en la hamaca, haciéndole guiños al gallo que cuidaba el sueño de las gallinas, rozando tiernamente la cabeza del perro, bebiendo lo último de su guaje. Recuerdo a mi abuelo, yo lo recuerdo con su viejo sombrero y manos de un hombre que ha labrado la tierra toda su vida. Recuerdo a mi abuela con su larga trenza cana y pies descalzos. Diligente y hacendosa, entregada al oficio de los hijos y el maíz. Descansaba muy poco, conocía el remedio para cualquier mal, parecía que nada le asustaba y era cierto: ¡Qué interesante hubiese sido escucharla!
Hoy, el abuelo triste le llora a sus hijos muertos y a su amada esposa.