Hubo un tiempo en que el verso se heredaba
como se hereda el fuego entre las manos.
No para arder en tronos de alabastro,
sino encender la noche del pupilo.
El maestro inclinaba la cabeza,
no para ser más bajo, sino suelo.
Sabía que enseñar no es coronarse,
es volverse raíz bajo otras voces.
Hoy el portal rebosa de espejos,
coros que aplauden solo a su reflejo,
jardines de cartón, flores sin tierra
regadas con elogios circulares.
Aquí nadie corrige: se celebra.
Aquí nadie acompaña: se agrupan.
La soberbia se sienta en mesa larga
y llama hermandad a su banquete.
Llegan miles con hambre entre los dedos,
con poemas temblando como hojas nuevas,
pero el umbral se cierra sin mirarlos:
no brillan, no convienen, no pertenecen.
Confunden la semilla con el ruido,
el crecimiento con la estadística,
y olvidan que un jardín no se defiende
pisando al brote joven que lo intenta.
Yo vengo de otra escuela más austera:
la del consejo duro y necesario,
la del silencio honesto que acompaña,
la del pulso que enseña sin humillar.
No escribo para altares ni camarillas,
escribo para el que aún duda y tiembla,
para el que escribe solo y no es leído,
para el que insiste aunque lo llamen sombra.
Porque el verso no nace en los aplausos,
nace en la mano tendida y paciente.
Y un jardín verdadero no presume:
crece cuando otro crece entre sus ramas.