El S.O.S. de la Biblioteca Universal
Consumada la victoria en las Islas de Obsidiana, el Bajel Celeste navegaba en las alturas por un océano de estratos líquidos. La quietud era tan absoluta que el leve crujido de las cuadernas de madera resonaba como un trueno cercano. De pronto, el Águila Irisada erizó su plumaje fosforescente. Sus ojos, convertidos en dos ascuas de luz granate, se fijaron en el nordeste; sus oídos habían captado un ultrasonido que el resto de la tripulación apenas percibía como una presión en las sienes.
—No es un grito, es un desvanecimiento —anunció Ako, cuya afinidad con el viento le permitía traducir los lamentos de la atmósfera—. Es una alarma de una memoria que se apaga. Una estructura artificial a cien leguas de aquí está perdiendo su identidad.
Titania cerró los ojos, expandiendo su conciencia hasta rozar la fuente del auxilio. El aire le trajo un rastro familiar.
—Ese aroma a sal y sabiduría... es Kelbuk, el Bibliotecario de las Eras. Es un ser longevo que sufre; necesita nuestra ayuda. Su hogar es una edificación prodigiosa: una amalgama de pecios antiguos y huesos de cetáceos unidos con una argamasa de conchas marinas y algas gomosas.
Bajo la guía de Ako, el Bajel atravesó un banco de niebla con olor a papiro viejo y ozono. Al disiparse el velo, la visión fue desoladora: la Gran Caracola-Biblioteca, una ciudadela de madreperla, flotaba a la deriva infestada por miles de Ventosas de Silencio. Estos parásitos transparentes succionaban la escritura, devorando la tinta de los libros y dejando tras de sí páginas grises.
Están borrando las huellas de lo que fuimos —alertó Akelia, estremecida por una visión en la cual los mapas se tornaban lienzos en blanco y los nombres de las estrellas desaparecían de la mente de los mortales.
El Leñador, comprendiendo que el acero era inútil contra células amorfas, preparó su magnífica hacha. Descendió mediante un cabo de trenza lunar hasta las placas infectadas y, en vez de golpearlas, hizo vibrar el filo de su arma contra la estructura, emitiendo una frecuencia armónica letal. Las ventosas, que solo prosperaban en el vacío acústico, convulsionaron y quedaron reducidas a una espuma ácida.
Mientras tanto, Titania activó el Brote de Sincronía. Al posar sus manos sobre las paredes de la biblioteca, canalizó la fuerza de la Arborigenia dirigiéndola al corazón del edificio.
—No eres solo un refugio de papeles. Eres la Memoria del Océano. ¡Recuerda tu nombre! _ Transmitió Titania mentalmente a la Caracola-Biblioteca invadida por los organismos expoliadores.
La Caracola respondió con un gemido profundo. Sus poros exhalaron un polen regenerador que neutralizó a los parásitos restantes mientras una capa de gelatina protectora sellaba sus heridas.
Del atrio tornasolado emergió Kelbuk, el bibliotecario. Su piel perlada estaba marchita y sus barbas de algas azuladas goteaban debilidad. Sostenía el Libro de las Edades, cuyas páginas, ahora transparentes por el expolio, dejaban ver el suelo a través de ellas.
El Águila Irisada se acercó al ejemplar corroído. Sus ojos actuaron como un prisma reparador, refractando un delicado rayo solar sobre las hojas diáfanas. Para asombro de toda aquella exhalación reveló las palabras ocultas en el espectro ultravioleta, evitando que los datos se disiparan definitivamente. El bibliotecario, ciertamente emocionado, guardó aquel valioso ejemplar para volver a reproducirlo.
—Habéis llegado en el último suspiro —jadeó el venerable anciano mientras el equipo lo ayudaba a subir al Bajel—. Las células no buscaban tesoros. Buscaban el mapa de las Tierras del Verbo.
Este plano no mostraba topografías comunes. En su centro, las Tierras del Verbo se desplegaban como un continente de voces donde las fronteras estaban delimitadas por dialectos olvidados. —Continuó narrando Kelbuk— Hay tres regiones de exploración crítica: Un desfiladero por donde el viento todavía transporta las sílabas con las que se nombraron el fuego y el agua por primera vez. Un océano cuyas olas cambian de forma según la intención de quien las mira, conectando el mundo físico con el imaginario. Y en el centro mismo de estas tierras se halla el Diapasón.
El anciano, sin levantar la vista, se inquietó y señaló una zona difusa que se arrastraba sobre el pergamino:
—¿Veis esta mancha? Es la Afonía Final. No es solo falta de sonido; es un vacío que devora el sonido de las palabras. Si llega al Diapasón, el nombre de las cosas se perderá para siempre y el mundo, al no poder ser nombrado, dejará de existir.
—La Caracola-biblioteca sanará con las corrientes limpias que circulan por este mar etéreo— auspició el ave, señalando el extenso círculo de flujos que los rodeaba—. Pero el sabio anciano ha confirmado nuestro mayor temor: esos invasores infecciosos se dirigen hacia los Cielos del Verbo para petrificar la historia. Van en busca del Diapasón de la Palabra.
El ilustre bibliotecario asintió con gravedad y advirtió:
—Si ese artefacto enmudece, la música que mantiene unido el tejido de la realidad no volverá a resonar y la sabiduría de los libros se perderá para siempre.
Kelbuk describió el artefacto salvador: un doble eje de armonía con la facultad de la restauración por resonancia acústica, capaz de devolver la forma oral y gráfica a lo desvanecido. Es un ancla de conocimiento; allí donde vibra, la ignorancia no puede penetrar.
Con el mapa de la esfera celeste grabado en la memoria del Águila, el Bajel arrió las velas al viento, navegando presuroso hacia el nuevo destino para salvar los sonidos y la escritura de la civilización.
Pronto se adentraron en un archipiélago de obeliscos de basalto que se alzaban desafiantes. El aire allí era tan ralo que era incapaz de transportar el sonido. Incluso el batir de las alas del Águila parecía envuelto en algodón insonoro.
—Estamos en el epicentro —susurró el Águila, cuya voz apenas era un hilo audible—. El silencio es tan afilado que deshace mis pensamientos.
En el centro de un anfiteatro natural de granito negro, sobre un altar circular de coral blanco, se erigía un enorme Diapasón, forjado con una sustancia de polvo estelar y cristal solar. Sobre él, una cúpula de Ventosas de Silencio lo asfixiaba, amenazando con extinguir la última nota que pudiera generar el instrumento.
Titania descendió hasta el altar. Sabía que al silencio no se le combate con gritos, sino con armonía. El hada extrajo de su cinto su prodigiosa media varita que aún conservaba, y tocó delicadamente la base del Diapasón. Una onda de choque invisible, pero terriblemente demoledora, barrió las ventosas que todavía permanecían adheridas. Entonces se oyó el clamor de un orfeón universal que contenía todos los sonidos de la creación: el crepitar del fuego, el murmullo del bosque, el primer llanto de la vida...
El Libro de las Edades que Kelbuk trajo consigo al bajel, resplandeció con intensidad y las letras borradas regresaron a sus páginas reluciendo en tinta de oro líquido.
El viejo bibliotecario, recuperando su vigor y el brillo de su piel, observó maravillado cómo el Diapasón resplandecía de nuevo anclado en el ara de granito. Todo volvía a una normalidad estable y esperanzadora.
—El Gran Acorde vuelve a resonar—. Habéis salvado no solo los libros de la antigüedad y del presente, sino la capacidad del mundo para contar su propia historia —dijo el archivero con una sonrisa benévola.
El cielo, antes grisáceo, recuperó su matiz claro, mientras las estrellas comenzaban a cantar de nuevo en el interior de los viajeros.
El Bajel Celeste, ahora convertido en un faro de ilustración, bogaba más veloz que nunca.
Titania miró hacia el horizonte, donde el mapa de Kelbuk revelaba nuevas rutas inexploradas.
El silencio había sido derrotado en este pequeño rincón del Universo, pero sabían que solo era un episodio ganado.
—Nuestra canción apenas comienza —concluyó Titania, mientras el bajel ponía proa hacia el mañana.
*Autores: Nelaery & Salva Carrion.