Alberto Escobar

A su cauce

 

 

Parece que el río vuelve a su cauce. La torrencialidad de las lluvias ha dejado paso a la calma, los colibríes confían suspendidos en la jugosidad de las azucenas, los pinos, aún mojados de tanto temporal, van recobrando la justa consistencia de su resina, el romero siempre verde aroma el aire como ninguna otra verdura, y así, las alimañas, esas que viven de las delicias que el bosque ofrece, salen confiadas a retozar, a brincar celebrando el buen tiempo, que el río vuelve a su cauce. 
El que el sol se mantenga en lo alto es casi imprescindible. Sostengo que el agua es vida, insustituible en cualquier biología a considerar, necesaria de toda necesariedad, pero soy carne de sol, del calorcito que un sol confiado, no obstaculizado de nubes, ofrece a toda su feligresía, deseosa de él, cual maná que cae de cualquier cielo, y eso, eso se ha echado en falta en las últimas semanas, con motivo de este último temporal. 
Felizmente, y de lo que me alegro a más no poder, e incluso, he sentido al acudir a mi deporte habitual que las fuerzas me han acompañado más y mejor que con el gris reinante pasado, y es que, constato una vez más, el sol alimenta, nutre el alma así como el cuerpo —esto último no lo puedo aseverar del todo—, y el conjunto del celulamen que tapiza mi insignificante cuerpo pide a diario esa trabazón, ese pegamento que el sol, solo el, es capaz de proporcionar, con ese nivel de prestancia, de calidad, de cantidad y de consistencia. 
Lo constato, sí: el río —cualquier río, no necesariamente el Guadalquivir— va volviendo a su cauce.