Mi amada montaña
Ya no me esperan tus riscos al alba,
ni el canto agudo del viento en la arista.
Mis dedos tiemblan donde antes fueron garras,
y mi paso, firme ayer, hoy… ya vacila.
Pero tú aún sigues viviendo en mi cuerpo,
como un eco de antaño en cada hueso.
Y en cada cicatriz, cada recuerdo, cada silencio,
queda un gran retazo de cielo y de esfuerzo.
Siempre fuiste mi casa, montaña callada.
Mi gran confidente de nieves y estrellas,
donde el dolor se hacía madrugada
y el miedo me enseñaba a mirar más cerca.
En tus abismos hallé mi medida,
y en tus alturas, la fe que no se nombra.
Para ti fui hoja, fui grito, fui lluvia vencida,
También hombre pequeño ante tu gran sombra.
Hoy ya te contemplo sin ansias ni prisas,
ya no me urge alcanzar ninguna otra cima.
Ya he comprendido que hay otras alturas
que solo se conquistan alzando la vista.
Gracias, por ser para mí siempre raíz y horizonte.
Gracias, por cada piedra, cada sol poniente.
Te dejó mi cuerpo, pero nunca mi mente.
Seguirás viva en mí y…. así eternamente.