Luis Barreda Morán

Remembranza

Remembranza

En los claustros de aquella facultad donde el saber se tejía con disciplinas,
tus pasos resonaban ligeros entre ecos de aulas y largas galerías,
mientras yo ocultaba en el silencio la voz que por dentro declinaba,
y en cada encuentro fortuito, miradas furtivas eran nuestras únicas compañías;
tiempos aquellos de juventud y promesas que el miedo y la duda cercaban.

Tus ojos tenían la calidez de un otoño que en mi corazón encendía primaveras,
y tu risa, como un río de aguas claras, humedecía las horas más severas,
pero el honor de mis sueños se enredaba en las sombras de un porvenir incierto,
y así, sin atreverme a romper el hechizo, dejé que las oportunidades se fueran,
mientras tu presencia, Verónica, llenaba cada rincón de mi mundo desierto.

No fueron pocas las tardes en que el destino nos unía en la misma biblioteca,
tú absorta en tus apuntes, yo fingiendo estudiar para no levantar sospecha,
y el aroma de tu pelo, ese tenue misterio, me hablaba de caricias y besos,
mas la pesadumbre de aquellos años difíciles volvía mi lengua torpe y ciega,
y el amor que crecía en las sombras jamás encontró la luz.

Hoy, con la certeza que da el tiempo y la distancia, sé que en tus venas corría el mismo anhelo,
que tus ojos también preguntaban sin voz, que tu alma compartía mi desvelo,
pero el pudor y las circunstancias, como muros de bruma, nos mantuvieron separados,
y ahora, cuando evoco aquellos días, solo me queda un perfume a caramelo
y la certeza de que dos almas gemelas pueden cruzarse en la vida sin rozarse.

Si pudiera desandar los pasos y volver a esos años de anatomías y fibras,
de disecciones minuciosas y noches enteras estudiando curvas y líneas,
te buscaría en los pasillos, no con la mirada esquiva, sino con la palabra entera,
para decirte que el amor no entiende de tiempos difíciles ni de rutinas,
y que a tu lado la vida habría sido una andadura más verdadera y sincera.

Pero el río del tiempo no retrocede, y sus aguas se llevaron tu nombre y tu risa,
y hoy solo me pregunto, sin formular la pregunta, qué sendas habrá tomado tu brisa,
si en otros brazos hallaste la paz que en los míos nunca pudo anidar,
si el eco de tu vientre se colmó con el llanto de un hijo que todo lo eterniza,
y si en tus noches de insomnio algún rescoldo de aquel amor te vuelve a visitar.

A veces pienso, en la penumbra de estas horas calladas,
si en algún recóndito instante de su vida, ella aún me recordará,
si el eco de mis pasos por aquellas viejas galerías
resuena todavía en su memoria, como una melodía que nunca se debió callar,
o si fui solo una sombra más que el viento del olvido desvaneció.

Y aquí, en la quietud de estas noches que el insomnio convierte en eternas moradas,
cuando la ciudad se apaga y solo el viento susurra palabras olvidadas,
mi pensamiento vaga sin rumbo, buscando entre las brumas tu rostro y tu estela,
y aunque el silencio me abrace con su manto de sombras y de horas viajeras,
sé que en algún lugar del mundo, Verónica, tu vida florece mientras la mía se consume recordándote.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Febrero, 2024