Efrain Eduardo Cajar González

Martes Carnaval

 

I

Martes de Carnaval arde la plaza,

con máscaras que ríen a la luna,

los tambores desatan vieja brasa,

y vino canta gloria oportuna.

Serpiente de papel la calle danza,

con pasos de comparsa y fortuna,

la noche alza antorchas y llama

al viejo rito de la diosa bruna.

 

II

Bordado de color vibra el gentío,

el aire huele a pólvora y guirnalda,

un dios burlón se esconde en el bullicio,

y salta entre cascabel y espalda.

La risa abre portales al desvarío,

la pena huye sin dejar su falda,

y el tiempo abdica ante el desenfreno

que al alma fugitiva fiel resguarda.

 

III

Desfila la ilusión con lentejuelas,

coronas de cartón reinan la calle,

los reyes de la broma alzan espuelas

y dictan leyes locas al detalle.

Se olvidan las miserias y cautelas,

la pena se disfraza y no se halle,

pues todo mal se rinde ante la danza

que al son del parche ardiente se desmalle.

 

IV

Un ángel con antifaz besa el suelo,

un diablo de azabache brinda vino,

la vida se disfraza de su anhelo

y olvida su dolor en torbellino.

Los faros escribieron en el cielo

destellos de un presagio repentino:

que el gozo es breve huésped de los hombres

y hoy reina sin rival sobre el destino.

 

V

Campanas de latón marcan la hora,

los pies responden fieles al mandato,

la música en torrente los devora

y el pulso se acelera como un látigo.

Ningún pesar resiste si se implora

al dios del son que ríe en arrebato,

pues Marte cede espada y disciplina

al rey del carnaval y su artilugio.

 

VI

Perfume de serpentina derramada,

confeti como lluvia consagrada,

la risa se derrama iluminada

igual que antorcha viva y desatada.

La culpa queda atrás abandonada,

la duda se disuelve derrotada,

que hoy manda la locura transitoria

vestida de princesa coronada.

 

VII

Un viejo trovador canta en la esquina,

su voz rasga la noche como estrella,

relata que esta fiesta clandestina

es llave de la dicha más sincera.

Quien baile no temerá la ruina,

quien ría hallará senda más ligera,

pues guarda este martes en su seno

la gracia de una aurora venidera.

 

VIII

Cruje el tablado bajo pies ardientes,

la falda gira como viento en fuga,

los ojos son luceros impacientes

que al ver la fiesta el corazón arrugan.

No hay trono comparable a los presentes

ni joya que tal júbilo conjuga,

porque en la multitud se vuelve eterno

lo breve que en silencio nos arruga.

 

IX

Los niños ven gigantes en zancudos,

los viejos ven su infancia renacida,

los sabios pierden cálculos sesudos

y abrazan la locura consentida.

Se rompen calendarios testarudos,

la norma queda dócil y rendida,

pues reina la excepción del alborozo

que otorga libertad desconocida.

 

X

Las sombras se disfrazan de colores,

la noche se arrodilla ante el estruendo,

los besos se disparan cual tambores

y el alma se desata ardiendo.

No importan jerarquías ni señores,

ni títulos que el día va imponiendo,

que todos son iguales en la danza

cuando el placer gobierna riendo.

 

XI

Mas sabe el corazón que es pasajero

el reino de la máscara encendida,

mañana volverá serio el sendero

con su lección severa y repetida.

Por eso el gozo canta más sincero,

por eso arde la sangre estremecida,

porque quien sabe el fin de la alegría

la abraza con pasión más encendida.

 

XII

Así termina el martes soberano,

dejando en cada pecho su centella,

se marcha como un príncipe lejano

que olvida su corona y su querella.

Mas queda su recuerdo fiel y humano,

brillando en la memoria como estrella,

y cada año regresa victorioso

cuando febrero abre su doncella