No somos piedra.
Somos río.
Nos doblamos como el viento en la tormenta,
pero no nos quebramos.
Aprendimos del invierno a resistir,
del desierto a caminar sin sombra,
del mar a movernos incluso en la profundidad.
La tierra cambió mil veces de rostro
y nosotros cambiamos con ella.
No porque fuéramos los más fuertes,
sino porque supimos transformarnos.
La adaptabilidad
es nuestra piel invisible:
nos permite habitar lo desconocido
sin dejar de ser nosotros.
Y cuando el cansancio pesa,
cuando el miedo susurra derrota,
aparece esa llama silenciosa —
la fuerza de voluntad.
No grita.
No presume.
Arde en secreto.
Es la voz que dice
“un paso más”
cuando el cuerpo tiembla.
Es la decisión firme
de continuar construyendo
aunque el mundo parezca derrumbarse.
Somos cambio que aprende.
Somos voluntad que persiste.
Porque el ser humano no conquista el mundo con garras,
lo conquista con adaptación…
y lo sostiene con determinación.