LA MISMA RAÍZ
Antes del beso fuimos orilla,
dos soledades queriendo hablar.
Tu risa abrió la puerta sencilla
donde mi invierno pudo entrar.
No hubo promesas ni juramentos,
solo la mesa… pan y verdad.
Y en lo pequeño creció el momento:
amor nacido de la amistad.
Nos floreció la misma raíz
en tierra honda del corazón.
Eres mi amor y también país,
mi casa abierta, mi dirección.
Si el mundo tiembla y se vuelve gris,
tu mano dice: «permanezco aquí».
Fuimos abrigo sin darnos cuenta,
luz encendida en lo natural.
Tu nombre vive donde se asienta
mi fe más simple y mi voluntad.
No sé en qué hora cambió la savia,
cuándo la rama se hizo querer…
Solo sé: tu voz me labra
un sitio claro donde volver.
Y si la vida nos parte el día,
y si el silencio quiere vencer…
Vuelvo a la misma semilla
donde aprendimos a florecer.
Nos floreció la misma raíz,
nunca supimos cuándo ocurrió.
Éramos dos y ahora hay un latir
que en ambos pechos se repartió.
Si el tiempo borra lo que escribí,
tu nombre sigue… creciendo en mí.
Creciendo en mí,
la misma raíz.
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CONFESIONES DE UN CURSI
Yo también escribí
“amor eterno”
con escarcha tipográfica.
También puse lunas
donde no había cielo,
y rosas
donde apenas había costumbre.
Le llamé “alma”
a un hábito compartido,
“destino”
a la pura coincidencia,
“para siempre”
a lo que dura
el entusiasmo sin calendario.
Fui ese poeta
de balcón prestado
y metáforas de utilería.
Mi amada entonces
no sudaba,
no discutía,
no tenía pasado digestivo
ni memoria incómoda.
La mantuve
en vitrina lírica,
alimentada con adjetivos de algodón.
Y aplaudían.
Oh, cómo aplaudían
mi ternura pasteurizada.
Yo servía corazones
en bandeja de rima fácil,
con jarabe de promesa
y una cereza de “siempre”
arriba.
Hasta que un día
el amor real
entró con la verdad en carne viva:
olía a cansancio,
a miedo,
a platos sin lavar
y a deseo contradictorio.
No rimaba.
Se sentó en mi poema
y dejó pelos,
silencios,
preguntas sin música.
Intenté corregirlo.
Le puse luna.
No funcionó.
Le puse rosa.
Se pudrió.
Le puse eternidad.
Se rió.
Entonces entendí:
yo no escribía amor,
escribía su souvenir.
Y quemé
mis jardines de decorado,
mis besos con luz de estudio,
mis “tú y yo contra el mundo”
de papel satinado.
Desde entonces
cuando escribo “amor”
me lavo las manos.
No por pureza:
por miedo.
Porque sé
que todavía puedo
volver a endulzarlo
para que me quieran.
Y ese —
ese que falsifica la herida
para volverla postal—
es el cursi
que aún me habita.