Autor: Darío Daniel Lugo
Muchos miran el mundo desde afuera;
yo aprendí a mirarlo desde adentro,
donde la luz llega tarde
y el tiempo no termina de nacer.
No recuerdo la última vez
que el brillo tocó mi rostro;
se fue sin decir nada,
como quien se cansa de esperar.
Caminar de la mano
siempre fue un sueño difícil:
las espinas entraban primero,
y después la piel,
y después el alma.
La oscuridad, cansada de verme caer,
se hizo mi única aliada.
En su silencio aprendí
a guardar lo que otros pierden
y a perder lo que otros guardan.
A veces siento
que nada está perdido en el espacio,
que solo vaga lo que uno suelta
para poder seguir respirando.
Y sigo,
no hacia afuera,
sino hacia ese punto mudo
que late detrás de mí,
como un secreto
que todavía no sabe nombrarse.