He aquí el lienzo, una pálida extensión de vellum
donde mis dedos, ciegos como topos,
ofician la misa de los que no tienen tacto.
No busques el cielo en el telescopio, mi amor,
está aquí, atrapado en la red de tu epidermis,
un mapa de bellezas y purezas que yo,
colono de lo prohibido, me dispongo a colonizar.
Cada poro es un pozo de éxtasis, un abismo
que canta bajo el peso de mi yema.
¿Lo oyes? Es el zumbido de las abejas de la sangre
fabricando un néctar espeso, una miel densa
que bebemos a oscuras, como apóstatas en un templo.
No hay palabras aquí, solo el alfabeto mudo,
el siseo de la seda contra el mármol,
el jadeo que se quiebra como cristal fino.
Navego tu vientre, esa costa de espuma blanca,
donde la brújula se rinde y el norte es un mito.
Me pierdo en la cartografía de tus hombros,
estaciones de una cruz que yo mismo he tallado.
Tu piel no es piel: es una eternidad de bolsillo,
una perdición que huele a ozono y a pecado.
Somos los cartógrafos de lo invisible,
trazando con sal y espuma una ruta de escape.
Cada roce es una nota, una danza de huesos,
lo profano y lo santo moliéndose en un mortero.
Mírame: no estoy lejos, estoy aquí,
bebiendo el misterio en el cuenco de tu cuello,
escribiendo mi nombre en el mapa de tu piel,
mientras el mundo afuera, ese extraño,
se disuelve en el aire como un mal recuerdo.