Me arrodillé, barro fui,
por un amor que no me vio.
Rompí mi orgullo ante tus pies,
y tú, altiva, lo pisoteó.
No fue el amor quien te cegó,
fue el placer de verme arder.
Gozaste con mi humillación,
bebiste mi llanto sin saber.
Que el agua que un día regó tu altivez,
ya no corre más por este terrón.
Yo era el río, tú la sed;
yo el yunque, tú el martilló.
Pero el hierro cansado de herir,
se vuelve acero, se vuelve perdón…
para uno mismo. Y aprendí:
que no hay peor cárcel que tu corazón.
No busco guerra ni perdón,
ni una palabra, ni un rencor.
Gasté mis días regando espinas,
convencido de que eran flores.