No, no es solo casualidad. Para que existas —ese ser maravilloso que eres tú— han debido transcurrir miles de millones de años y una serie de coincidencias hasta reunir los ingredientes: cada una de las partículas que te constituyen.
La buena noticia es que, de algún modo, permanecerás. Las partículas son eternas. Hace más de doce mil millones de años, todo lo que había no era más que partículas en una sopa. Pasaron eones hasta que la temperatura descendió lo suficiente como para permitir la formación de los primeros átomos.
Esos átomos iniciales son los más simples. Surgieron cuando aparecieron las leyes que rigen las partículas. El primero fue el hidrógeno, por eso es con diferencia el elemento más abundante del universo. Con el tiempo, esos átomos de hidrógeno se unieron y dieron lugar a las primeras estrellas: verdaderas fábricas donde se crean los demás elementos.
El proceso continúa en un universo probablemente infinito, formado por más de dos billones de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas que nacen y mueren sin cesar.
Aunque cueste creerlo, los átomos que te forman se forjaron en el corazón de estrellas. A medida que consumen su hidrógeno, la presión y la temperatura interiores hacen que sus núcleos se fusionen, dando lugar a elementos cada vez más complejos y pesados. Cuando las estrellas más masivas ya no pueden sostener su propia gravedad, explotan en supernovas y esparcen esos elementos por el espacio. Así se formaron galaxias, sistemas solares y, por un breve instante, tú.
Las partículas que te constituyen también forman parte de un todo sin principio ni fin, un todo que algunos llaman Dios y otros, Cosmos. En ese ámbito el espacio y el tiempo no se comportan como aquí.
Todo lo que amas, sientes y recuerdas vive en este plano de existencia; sin embargo, no se disipa: Algún día no estará sujeto al tiempo ni a un lugar concreto. Permanecerás de otra forma, pero igualmente serás tú. Aquí quedarán tus obras y tus recuerdos mientras alguien los conserve.
Por eso, aprovechemos este breve intervalo llamado vida. Dura muy poco; por eso, valora cada segundo. Mira el mundo con asombro: habla, ríe, llora, canta, baila, escribe y, sobre todo, siente. Y entre todos los sentimientos, ama. Hazlo cuanto puedas: con la música, los versos, los amigos, la familia, lo que ves, tocas, hueles y saboreas —todo ello te constituye.
Todos estamos hechos de estrellas. Antes de volver a formar parte de ese todo, vive y siente intensamente. Si puedes, hazlo desde el amor hacia cada cosa que compone esta existencia que has tenido la fortuna de vivir: eso es lo que da sentido a todo.