marco romero

Deconstrucción del Deseo Posesivo

I) La Muñeca 

 

 Me esculpes como a una muñeca de cera,

una virgen blanca, una santa de estante

que decide prenderse fuego para darte calor.

Mírame: soy una puta con alas de ángel,

revoloteando sobre tu banquete de hombres.

 

Bebo el vino que derramas sobre el mantel,

ese rastro de sangre que llamas \"lealtad\",

mientras mis dedos de mecha se consumen

en el aceite rancio de tus manos.

Soy el milagro que guardas en el sótano,

la herida que insistes en lamer para que no cierre.

 

¿Ves cómo goteo?

Soy un mapa de grasa y oraciones olvidadas.

Tú querías una reliquia para adornar el silencio,

pero las santas que arden no se quedan quietas;

se convierten en humo, en ceniza ácida,

en un grito que se cuela por las grietas de tu vajilla.

 

Al final, cuando solo quede el charco de mi sombra,

te darás cuenta de que no te calentaba el cuerpo,

sino que estaba aprendiendo, centímetro a centímetro,

a devorar la casa con la que intentaste cubrirme.

 

 

II) El Escultor 

 

 Te llamé \"reliquia\" porque el vacío me daba miedo,

y busqué en la cera una paz que no tengo.

 

No quería una mujer, quería un detenimiento:

un milagro blanco que no supiera decir \"no\"

mientras mis manos, sucias de tiempo, te daban nombre.

 

Te puse alas para que el suelo no te tocara,

pero olvidé que las alas son velas en potencia.

 

Me asusta ver cómo te licuas, cómo te ríes

mientras tu rostro perfecto se pierde en el charco.

 

Si te quiebras, ¿en qué espejo voy a mirarme?

Si te apagas, ¿quién va a perdonar mis manos?

 

Maldigo el calor que emanas, porque no es mío;

es el robo de tu forma, es la traición del molde.

 

Te quería santa para no tener que amarte,

 

te quería de cera para no tener que herirte.

 

 

III) La Casa 

 

Yo te vi nacer en el sótano, entre el moho y el rezo,

y sentí el primer goteo de tu rabia sobre mis vigas.

 

Él cree que te posee porque cerró la puerta con llave,

pero yo, que tengo ojos en las grietas,

sé que el humo no conoce de cerrojos.

 

 

Siento cómo tus dedos de mecha me buscan el pulso,

cómo el aceite rancio de sus manos se vuelve mi veneno.

 

No me asusta tu fuego, virgen de sombra;

me asusta el silencio de él, que sigue comiendo en la mesa

mientras los cimientos ya saben que van a morir.

 

Arde, entonces.

 

Prefiero ser ceniza ácida bajo tu grito

que seguir siendo la jaula de una santa que no descansa.

 

Cuando caiga el techo, no habrá vajilla que salvar,

 

solo quedará el mapa de grasa que dejaste en mi pecho.

 

 

 

IV) El Espejo 

 

Me obligas a sostener una mentira de bordes dorados,

a ser el cómplice mudo de tu fetiche de estante.

Tú me miras buscando el orden, la quietud del mármol,

y ella me mira buscando el rastro de su propio escape.

 

¿Qué ves cuando te asomas a mi profundidad de azogue?

Ves el simulacro que inventaste para no estar solo.

Pero yo, que guardo el revés de cada sombra,

veo cómo la piel de cera se le desprende en escamas,

cómo el ángel se rasca las alas hasta encontrar el hueso.

 

Ella no se refleja; ella me atraviesa.

Su fuego es una mancha que mis químicos no saben procesar.

Siento el calor de su rostro que se dobla, que se ríe,

esa mueca que no es belleza, sino la libertad del monstruo.

Tus manos sucias de tiempo intentan limpiar mi superficie,

pero no puedes borrar el vapor de su grito en mi cristal.

 

Me asusta el momento del estallido,

cuando el calor de su rabia convierta mi vidrio en líquido.

Porque si ella se funde, yo me rompo;

y en mis fragmentos, Escultor, ya no verás una santa,

sino mil pedazos de tu propio rostro,

devorados por la luz de una mujer que prefirió ser incendio

antes que seguir siendo tu imagen.

 

 

m.c.d.r