Las manos de mi madre
El pan de cada día
En sus palmas la aurora se despierta con un gesto de entrega.
El fuego lento abraza la penumbra del antiguo fogón de barro,
sus dedos trazando caminos de harina en la madera gastada,
mientras la casa respira el perfume tibio de la tierra mojada:
el sueño de la espiga se convierte en sustento en la mesa esperada.
El vuelo de la escoba
baila sobre las baldosas del patio recién lavado por el rocío.
Un río de jabón corre buscando la luz de la mañana,
las sábanas blancas ondean como veleros en un mar de cielo claro,
y la rutina se viste de gala con el sol como único testigo.
En cada esquina la pobreza se vuelve oro con las manos de mi madre cuidadora.
La aguja y el dedal
tejen remiendos que parecen constelaciones en la tela gastada.
La noche entra despacio con su manto de estrellas y silencios;
ella cose los sueños rotos de los hijos con hilo de paciencia.
El botón que faltaba vuelve a su lugar como un pájaro al nido:
en las manos de mi madre el tiempo se detiene para coser la vida descosida.
Las ollas de aluminio
guardan secretos de guisos que alimentaron generaciones enteras.
El vapor empaña los vidrios mientras afuera el viento golpea las paredes;
dentro de la cocina el invierno no existe, ni la prisa, ni el olvido.
Cucharas de palo mezclan recuerdos con papas y con cebollas;
ella sazona con amor la memoria que nunca se termina en la olla.
Sus manos en la tierra
remueven la negra profundidad del surco que espera la semilla.
El abono huele a vida nueva, a promesa de futuras cosechas;
sus uñas guardan un poco de barro como un tesoro de la naturaleza.
Las plantas crecen mirando sus gestos de cuidadosa maravilla:
ella conversa con los brotes verdes en una lengua antigua y sencilla.
Cuando tiende la ropa,
las prendas mojadas gotean música sobre las piedras calientes:
las camisas del padre, los vestidos de niñas, los manteles de hilo,
todo se mece al ritmo del viento como un coro de colores vivos.
Ella estira las arrugas con la palma como quien borra las tristezas;
en cada prenda seca queda un pedazo de su ternura sin medida.
El jabón y el agua
son sus aliados en la batalla diaria contra el polvo y el desorden.
Las manos de mi madre se arrugan en el lavado como la corteza de los árboles viejos,
pero conservan la firmeza para sostener la casa cuando tiembla el piso.
En el balde flotan burbujas que reflejan el cielo de los días simples;
ella enjuaga la suciedad del mundo con la pureza de su propio hechizo.
Al caer la tarde,
cuando el cansancio pesa sobre sus hombros como un manto de plomo,
las manos de mi madre buscan las nuestras en la penumbra del cuarto silencioso,
nos acarician el cabello con la suavidad de las plumas más livianas,
cierran los ojos del día con la ternura de quien ha dado todo.
En sus palmas gastadas cabe el universo entero con sus luces y sombras.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Febrero, 2024.