José Bayón Garcinuño

Ya para nadie

Tenías el alma grande,

como grande el cielo.

Tú risa era catarata de alegría

que hacía palmas

con las partículas del aire.

Sonaba como revuelo de ángeles

jugando a las canicas

sobre los cristales. 

Con tus dedos

sacabas mariposas

de los gusanos que viven

en las cuerdas de la guitarra.

Nacías flores de tinta

de los papeles que entintabas.

Detrás de tus gafas

había un niño

hermanado a las estrellas,

un ser marino pisando tierra.

 

Eras el Mago de Copas

uniendo la tarde a la noche,

el amanecer a la comida,

un día a otro día.

 

Una riada de alcohol

nos arrastró a cada uno

por un acantilado,

al mismo mar

o alguno parecido:

mar sin vientos,

mar sin olas,

mar sin peces,

mar sin playas,

mar ensordecido

por cantos de sirena

con sordina.

Se nos rompieron las alas

contra los hielos de las copas,

sangraban tinta de flores las botellas.

Entre resacas y olvidos

te llegó la muerte, 

a mí me pilló en otra orilla

y a tí, ahí mismo.

Te fuiste al otro mundo sin tabaco

y yo me quedé con el pésame

guardado en un bolsillo,

porque padres y demás familia,

ya no había.