Lo último y primero
Si llegara la muerte con su manto de bruma
y nos pide la cuenta de los días gastados;
que nos halle de frente, como el mar y la espuma,
con el alma en los pulsos y los ojos cerrados.
Que el vaivén en el pecho no proteste o presuma,
ni nos pese la carga de los tiempos pasados:
pues el fuego divino nuestro ser lo perfuma
mientras quedan los lazos, por amor, amarrados.
Y al hundirse la tarde, no habrá miedo al abismo,
ni siquiera nostalgia que detenga la huida;
solo efigie y recuerdos brollarán como un sismo.
Mas de pronto un cortejo con la lumbre encendida
mostrará que la muerte suele ser uno mismo
cuando daño y peligro nos cautivan la vida.
Samuel Dixon