Le debo tanto a la ciencia y a la poesía.
Con ellas he aprendido a mirar el mundo
no como un sitio que se agota,
sino como un misterio que se renueva.
Sigo teniendo el asombro y la curiosidad de un niño;
todavía los insectos me revelan signos
y las noches constelaciones.
Sigo inclinando mi espíritu
ante la humildad de una hoja,
y ante el pulso de las estrellas.
Insisto:
le debo tanto a la ciencia y a la poesía, me han dado su lámpara y fósforo.
Sigo siendo ese niño
que mira un charco
como si fuera el universo
y que intenta medir la lluvia.
El mundo es una milpa que vuelve a brotar aunque la corte el tiempo.