Antonio Portillo

Arquitectura


No fui herido por un rayo,
ni marcado por un grito que partiera la casa.
Crecí en un silencio tibio,
donde el amor no se explicaba
pero estaba.
Aprendí a hablar hacia dentro
porque fuera no hacía falta.
Nadie me negó el abrazo,
pero tampoco me enseñaron
a ponerle nombre al temblor.
Fui niño de pensamiento temprano,
de preguntas que no molestaban,
de emociones administradas
como quien ordena herramientas.
No me rompí.
Me organicé.
Y así llegué al hombre
que analiza antes de llorar,
que decide con cautela,
que teme errar
porque aprendió a sostenerse solo.
No hubo un secreto.
Hubo clima.
No hubo abismo.
Hubo interioridad.
Hoy comprendo que mi historia
no estaba vacía:
estaba escrita en estructura.
Y si este es mi principio
—silencio cálido, mente despierta—
también será mi final:
un hombre que se entiende
sin necesidad de escándalo,
que se acepta sin inventar heridas,
que puede mirarse entero
y decir:
“No me faltó pasado.
Me faltaba narrador.
Y hoy me he contado.”
Aquí empieza.
Y aquí termina.

 

Antonio Portillo Spinola