Sesgos tallados en la carne,
prejuicios de sombra árida,
manos invisibles que apagan
sueños antes de nacer.
Vaticinios susurrados por bocas tóxicas
echan raíz en corazones cansados;
aun cuando se los niega,
dejan su cicatriz y su marca.
Nada hay más bello
que quebrar una profecía,
caminar sin dolor ni permiso
sobre los restos del prejuicio.
Pero el sesgo camina al lado nuestro,
sabe cuándo volver:
ataca la herida y crea grieta,
inclina la balanza
donde la fe es más leve.
Por eso los padres deberían ser muralla,
puño, azote y refugio a la vez,
guardianes del temblor,
escudos frente al miedo enhiesto.
Quienes crecieron defendiéndose solos
aprendieron a parecer intactos,
mientras por dentro
la infancia aún tiembla.