Belleza desnuda
I
Su cabello se despliega como un río de sombra y luz en la penumbra,
cascada de ébano que acaricia los hombros de nieve sin prisa,
hebra por hebra, seda oscura que el viento entre sus dedos deslumbra,
y en cada rizo se esconde el misterio que la noche en su faz dibuja,
mientras la luna se enreda, celosa, en esa madeja tan suave y sumisa.
II
Su frente es un lienzo de marfil que la aurora con perlas matiza,
arco sereno donde la paz del pensamiento reposa y se anuda;
y en sus sienes late el compás de una vida que el tiempo eterniza,
como si un dios hubiera esculpido con yeso de estrellas la ruda
suavidad que en su piel se adivina, tersa y limpia, sin mancha ni arruga.
III
Sus ojos son dos luceros que el cielo, envidioso, guardó en su mirada,
abismos de miel donde el alma se asoma y el universo se espeja;
pupilas que queman con fuego de aurora y sombra enamorada,
y en su brillo se ahogan las penas, y la dicha en su fondo se queja,
como si el sol y la luna en su órbita hubieran hecho su morada.
IV
Su nariz es un trazo perfecto, perfil que el cincel de un artista trazara,
línea sutil que divide su rostro en dos mitades de ensueño,
ala de cisne que el aire respira y el beso en su curva prepara;
y en su puente se posa la gracia, delicado y firme diseño,
que ni el pincel de Botticelli con más amor dibujara.
V
Sus labios son pétalos vivos que tiemblan con savia de grana y coral,
fresas silvestres que el rocío de la mañana humedece,
arco de Cupido que invita al pecado más dulce y mortal;
y en su comisura se esconde la risa que el alma enloquece,
como un fruto prohibido que tienta en el árbol del bien y del mal.
VI
Su cuello es una torre de marfil que sostiene la gloria del mundo,
columna esbelta por donde la vida en un suspiro asciende,
garganta de cisne que entona el cantar más profundo y jocundo;
y en su base, el valle donde el deseo se enciende,
y la nuca, un secreto que el vello más tenue defiende.
VII
Sus hombros son dos colinas de nieve que el sol con su lumbre acaricia,
laderas suaves por donde la mirada se pierde y resbala,
y en su redondez se adivina la fuerza y también la caricia,
que el beso en su cima se posa y en su curva se instala,
como la luna llena sobre un mar que en calma se iguala.
VIII
Su pecho es un par de palomas que anidan en un nido de seda y calor,
manzanas del Edén que al primer beso desatan el suspiro,
dos cúpulas tiernas que al ritmo del corazón dan su fervor;
y en su cima, el pezón, rubí erguido que clama el más santo
deseo, y en su areola el amor dibuja su más bello encanto.
IX
Su cintura es un junco que el viento mece con gracia y con miedo,
reloj de arena que mide el instante justo del abrazo,
estrecho camino por donde el suspiro se vuelve ardiente denuedo;
y en su curva se quiebra la luz, y el espacio
se hace pequeño para contener tanto don sin reemplazo.
X
Sus caderas son ánforas llenas de un vino que embriaga sin prisa,
promontorios firmes donde la pasión se recuesta y se mece,
curvas de tierra mojada que invitan a la más dulce pesquisa;
y en su anchura el mundo reposa y el hombre se ofrece
como un náufrago que en sus orillas la vida agradece.
XI
Sus muslos son columnas de nácar que sostienen el templo del gozo,
caminos de leche que al más mínimo roce se erizan,
interior suave donde se esconde el más íntimo y hondo sollozo;
y en su unión, el jardín que las manos ansían y poetizan,
donde el vello es la hierba que cubre el más hondo manantial.
XII
Sus pies son dos alas que apenas tocan la tierra que besan,
arcos de nieve que en cada pisada dibujan un canto,
y en sus dedos, pequeños luceros que el suelo embellecen y pesan;
porque ella, desnuda, es un verso que el cielo escribió con su manto,
y en su cuerpo, la belleza hecha carne que los siglos contemplan y rezan.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Febrero, 2023.