marco romero

El Milagro Podrido

Su saludo fue tan profundamente conmovedor que detuvo el tiempo; sonreía con una magia tan lenta que el mundo, simplemente, se olvidó de seguir girando. Por un instante, la realidad no fue más que un susurro lejano, una orilla que dejábamos atrás mientras navegábamos en el brillo de sus ojos.

 

Pero la perfección es un equilibrio frágil.

 

Poco a poco, la luz empezó a pesar. Esa calidez que me inundaba comenzó a enfriarse en los bordes, no por falta de amor, sino por exceso de verdad. Fue entonces cuando noté que el reloj no se había detenido, sino que estaba cediendo, abriendo una grieta sutil —casi elegante— por donde la fantasía empezó a gotear hacia el suelo.

\"Su saludo me dolió de alegría\", porque entendí que lo que es tan bello solo puede ser un prefacio. El vacío y el lleno se abrazaron en mi pecho cuando la sonrisa, aunque intacta, empezó a revelar los años y las cicatrices que la sostenían. La mentira bien contada se fue desnudando, convirtiéndose en una verdad que, aunque desnuda, todavía conservaba el aroma de aquel encuentro.

 

Ya no era un sueño, pero tampoco era el frío seco de la vigilia. Era esa lucidez de seda: el momento exacto en que comprendes que el cielo de porcelana no parpadea porque está cuidando tu caída.

 

Así, el milagro no se pudre de golpe; se marchita con la misma delicadeza con la que un pétalo se rinde a la tierra. Y en esa entrega, comprendemos que el arquitecto no incendió la casa por odio, sino porque sabía que solo bajo la luz de las llamas nos atreveríamos, por fin, a buscar la salida.

 

m.c.d.r