Si el tiempo fuera una ilusión, si no existiera, ¿cuántas veces me habría cruzado en mi camino como una colección de estampas, pensando en otras cosas o en las mismas, desnaturalizándome de mi simultaneidad?
En el tórrido verano de enero o en las lluvias de septiembre. En la misma parada, esperando el colectivo de la línea 502; en la misma esquina, frente a la plaza; sentado en el mismo asiento, aun estando ya allí. Tejido por la obstinación de las causas, urdido en el telar de las consecuencias.
¿Cuántas veces habría plasmado mi rostro fantasmal, superpuesto con la misma actitud, con el mismo gesto de fastidio, con idénticas líneas de expresión —producto de ilusiones simbólicas, mapas de la intemperie— ante la inexorable mentira del reloj?
Sin dudas, en el mismo bar de la avenida 59, en la mesa de la vereda estrecha, compartiendo una taza de café caliente conmigo, temprano por la mañana; una exhalación de humo del mismo cigarrillo, transmitiéndome las experiencias para no cometer los errores que las propiciaron.
Si no existiera el tiempo, sería un ovillo enredado de mí en mí mismo, lana despeinada, con nudos en todas partes: entre el baño, la cocina y el cuarto; y, algunas veces —solo algunas—, en el patio confuso e incierto de la casa.
Existiría justo allí, la tarde del 17 de julio de 1989, a la misma hora inexistente, conociéndote, dándote el primer beso, esperándote con la certeza de que ya habías arribado. Después de todo, el viernes sería el pretexto para el resto de los días, y la lluvia intermitente, para recordarlo.
El infinito, una excusa para no hablar del tiempo que no existe; para besarte eternamente.