El armario abierto
me vomita ropa olvidada.
Es duro soportar el sonsonete diario.
Lo comprado con ilusión entonces
rebosa hoy por las perchas.
Soy lo que tengo y me pongo.
Cada mañana,
el sinvergüenza del espejo
me devuelve sin vergüenza,
la cara que no creo tener.
Ingenuo a más no poder.
Armario y espejo,
muchas veces, -las más-
murmuran en silencio
poniéndome a caldo.
© Juan Andrés Silvente López