Amigo, don del cielo concedido, amparo fiel en lid
desventurada, luz que disipa sombra conjurada y
alivia el mal del pecho dolorido.
Jamás tu pecho noble ha desmentido la fe
constante, firme y declarada; ni muda el tiempo,
en su veloz jornada, el lazo puro en ti siempre
encendido.
Si ruge el mundo, tú me das sosiego; si duda el
alma, afirmas su esperanza; si caigo, hallo en tu
voz dulce victoria.
No envidia al cetro el corazón que entrego, pues
vale más tu firme confianza que cuanto alcanza el
tiempo o la memoria.
Brilla la brisa,
tu voz alumbra sendas,
ya no voy solo.