AÚN DE PIE
No estoy roto,
pero tengo grietas
donde el tiempo silba recuerdos.
Amé como se ama al principio:
sin casco, sin miedo,
con el pecho abierto
como ventana en verano.
Después vinieron los años,
y los años traen espinas invisibles.
Perdoné, sí…
porque el amor a veces es un árbol terco
que sigue verde
aunque le talen ramas.
No olvidé.
El olvido es un lujo
que el corazón herido no conoce.
Por eso cuando busco
los días dulces del ayer,
también me rozan los amargos,
como fotos mezcladas
en la misma caja.
Hay aniversarios
que saben a vino guardado demasiado tiempo:
no están malos…
pero ya no son fiesta.
Y sin embargo sigo.
No por costumbre,
no por miedo,
ni por lo que diga el mundo.
Sigo
porque en los ojos de mis hijos
veo mi nombre escrito sin reproche.
Porque en algún rincón del pecho
aún respira
un pequeño resto de aquel amor caprichoso
que un día me hizo invencible.
No soy el mismo de antes,
pero tampoco soy ceniza.
Soy esto:
un hombre que recuerda,
que duele,
que perdona,
y que —aunque nadie lo note—
sigue de pie.
© Corazón Bardo