Tras
En ese presbiterio, de muro desolado
En la piedad ferviente, por tinieblas cristianas
En gran secreto oscuro, tras las clausas persianas
El voto de castidad resultaba olvidado.
Sin riesgo de castigo, a su vicio entregado
Un buen padre probaba la carne inmaculada
Tan inocente, ingenua, protegida por nada.
Pues violaba a la infancia, su objeto desnudado.
A su dios invocaba, en la siguiente misa
Clamando, sin vergüenza, su discurso insidioso.
El prelado informado quedaba imperturbable.
Niño martirizado, del suplicio la presa
Él soportará su cruz, perpetuamente ansioso.
Despreocupación muerta, y silencio
culpable.