Marie Paule

Tras

Tras

 

En ese presbiterio, de muro desolado

En la piedad ferviente, por tinieblas cristianas

En gran secreto oscuro, tras las clausas persianas

El voto de castidad resultaba olvidado.

 

Sin riesgo de castigo, a su vicio entregado

Un buen padre probaba la carne inmaculada 

Tan inocente, ingenua, protegida por nada.

Pues violaba a la infancia, su objeto desnudado.

 

A su dios invocaba, en la siguiente misa

Clamando, sin vergüenza, su discurso insidioso.

El prelado informado quedaba imperturbable.

 

Niño martirizado, del suplicio la presa

Él soportará su cruz, perpetuamente ansioso.

Despreocupación muerta, y silencio 

culpable.