Me lanzaron sombras como piedras,
me vistieron de dudas y silencio,
sus palabras buscaron mi sangre
como si el dolor fuera un premio.
Me señalaron con dedos temblorosos,
creyendo que el miedo me haría caer,
pero olvidaron algo simple:
ya aprendí a arder sin arder.
No pueden herirme
quienes no conocen mi historia.
No pueden romperme
si fui forjado en la memoria
de noches sin luz,
de días sin voz,
de pasos que di
aunque el mundo dijera “no”.
Me llamaron débil por sentir,
me llamaron frío por resistir,
pero en mi pecho late un fuego
que no se cansa de existir.
Cada cicatriz es un mapa,
cada caída, una lección,
cada lágrima guardada
es acero en el corazón.
No pueden herirme,
porque ya crucé el abismo.
No pueden destruirme,
si yo mismo me reconstruyo.
Soy más que sus juicios breves,
más que su rabia fugaz.
Soy el eco de alguien que cae…
y aun así se levanta en paz.
Y si el mundo insiste en herir,
que lo intente una vez más:
no soy cristal que se quiebra,
soy tormenta aprendiendo a amar.