De tu dolor primero fui la aurora,
y en sangre tibia el mundo me nombraste;
con manos pobres, el cielo me entregaste,
venciendo al miedo oscuro hora tras hora.
Tu espalda fue montaña protectora,
tu sueño en vela el frío me guardaste;
pan hecho esfuerzo en lágrimas amasaste,
y al hambre misma la llamaste “ahora”.
Primer amor, raíz de mi latido,
respeto antiguo, templo verdadero,
legado ardiente en mi mirar encendido.
Si hoy soy camino firme y duradero,
es porque en tu silencio sostenido
fundaste en mí lo eterno y lo sincero.