En el umbral donde el silencio se hace verbo,
y la luz se arrodilla ante tu sombra clara,
nace este amor, como una antigua llama
que el tiempo mismo, en su rigor, ampara.
No es el azar quien nos tejió el aliento,
ni es capricho de estrella el encontrarnos;
somos la sed que busca su elemento,
y el rito eterno de por fin hallarnos.
Tus manos son el mapa de mi geografía,
el norte fiel donde el naufragio muere,
y en tu voz se descifra la profecía
de aquel que ama y, al amar, florece.
Que no sea el olvido quien nos nombre,
sino la huella de este fuego vivo,
donde soy alma antes de ser hombre,
y en tu mirada, al fin, me reconozco y sigo.
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