Me gustan esos momentos de catarsis en la terraza de mi suegra. Me gusta cuando el sol me pega en la espalda, como cuando alguien me abraza.
En ese silencio me confronto y, de repente, me descubro preguntando:
‘¿Será que sí, mi Señor?’.
Y entiendo que Él ha estado ahí todo el tiempo, en mis pensamientos.
Su compañía se me ha vuelto tan normal que a veces no la valoro, y entonces aparecen las culpas… y también los perdones.
Hoy me duele un poco todo y un poco nada.
Siento que me ahogo en una gota de agua.
No hay una razón clara para sufrir, pero me arde el alma…
y decido dejarme sentir, sin batallar.
Por que - al final me doy cuenta de que no estoy tan sola.-