Lengua de ira fue la tuya, hermano
en mi lengua gloriosa y castellana,
que ibas de la ilusión a la desgana
en un mísero islote provinciano.
Tus versos se quedaron en tu mano
apretada de frío una mañana.
Te aclamó nada más que la campana
del cementerio, y luego fue el gusano
el único lector de tu poesía.
No tuviste otro aplauso que el azote
de la lluvia en la lápida sombría
del nicho, y si el olvido fue tu islote,
tu nombre con el réquiem de estrambote,
es para todos hoy tu antología.
De LOS ESPEJOS PREFERIDOS, 1999