¡Oh, irlandeses de almas blancas,
que un viento divino envió a proteger
el manto sagrado de la Virgen de Guadalupe!
Hoy honramos su heroísmo,
su valentía inquebrantable y su entrega
en la justa lucha contra la voracidad del invasor.
No era su guerra, pero sembraron su vida
para que la tierra de bronce no floreciera en cadenas.
Su último aliento no se perdió en la nada;
palpita hoy, cuando el mexicano despierta libre.
Y en el eco de los tiempos,
nuestra memoria agradecida los corona y los bendice.